Hablar de danza en Eldorado es, sin dudas, hablar de Norma Meko Goldmann. Con 46 años de trayectoria, su nombre está ligado al crecimiento artístico de la ciudad y a la formación de generaciones enteras que encontraron en el baile mucho más que una actividad: un camino de vida.
Su historia con la danza comenzó cuando era apenas una niña. “Mi pasión nació, con seguridad, en los actos de la escuela primaria. En los primeros años yo solo quería estar en el escenario, bailando”, recuerda. Aquella fascinación temprana no fue pasajera. Fue el inicio de un recorrido que marcaría su destino.
Su primera experiencia formal en ballet clásico llegó al cursar el primer año de danzas con su profesora Bety, en la U.C.D. de Eldorado. Desde entonces, el universo del arte la atrapó por completo: la exquisitez de la música clásica, el vestuario, los argumentos del ballet, la composición coreográfica y, sobre todo, el contacto con el público. “Me motivaron todos los bailarines y maestros que acompañaron mi proceso de aprendizaje”, afirma.
En 1981, apenas obtuvo su título, comenzó a enseñar. No imaginaba entonces que iniciaba una carrera que hoy suma casi medio siglo. “Los primeros tiempos fueron increíbles, fabulosos. No había academias de danza, así que fue un éxito”, cuenta.
Fue pionera en un contexto donde el camino estaba prácticamente por hacerse. A lo largo de su carrera enseñó danzas clásicas, españolas, lyrical, árabes, estilos libres y contemporáneo. Pero más allá de la diversidad de técnicas, siempre tuvo claro que la formación va mucho más allá del movimiento. “La danza aporta muchos beneficios. No solo se aprende técnica, sino que el pertenecer a un grupo que persigue los mismos objetivos te hace mejor persona. La disciplina, los valores, el respeto, el cuidado del cuerpo, el compromiso con los horarios… todo eso forma para la vida”.

Su camino estuvo también atravesado por momentos que la marcaron profundamente. Recuerda con emoción haber visto a figuras como Vladimir Godunov y Ekaterina Maximova, del Ballet Bolshói, en el Teatro Colón. La medalla de oro de Julio Bocca en Rusia junto a Raquel Roseti, cuando tenían apenas 15 años, también quedó grabada en su memoria. Y guarda una imagen muy especial: ella, sentada durante dos horas en un escalón del Colón, observando a Maximiliano Guerra tomar clase. Escenas que alimentaron su pasión y reafirmaron su vocación.
Con el paso de los años, fue testigo de cambios en las nuevas generaciones. “Lo clásico sigue siendo clásico, la técnica no cambia. Pero hoy hay más acceso a capacitaciones, competencias e intercambios. Gracias a la tecnología, todo es más accesible”. Y destaca que las nuevas generaciones “tienen abiertas todas las puertas del mundo para crecer y llegar”, algo que en sus tiempos era más complejo, aunque no imposible.
Meko reconoce que la danza ocupa un lugar muy importante en Eldorado. “Entiendo que hay alrededor de 130 escuelas de danza, la mayoría folklóricas”, señala, celebrando el crecimiento cultural de la ciudad. Pero si algo la emociona especialmente es haber formado a tantas alumnas.
“Me da satisfacción y orgullo”, dice con sencillez. Detrás de esas palabras hay historias, esfuerzos compartidos, sueños cumplidos y otros en construcción. “Historias hay muchas”, asegura, dejando entrever que cada alumna ha dejado una huella.
Además de la técnica, siempre transmite valores. “Si no hay principios y valores, es imposible formarse como bailarina. Ser leal con uno mismo, el compromiso y, sobre todo, ser agradecidos”. Esa filosofía atraviesa su enseñanza y explica, en gran parte, el respeto y el cariño que cosechó durante décadas.

Cuando mira hacia atrás, lo tiene claro: “Debo escribir un libro. Hay mucha historia”. Y no es para menos. Casi medio siglo de escenario, formación y vocación merecen ser contados.
Hoy, asegura que su mayor motivación siguen siendo sus alumnas. “Ellas son el motor”. En esa frase se resume su presente: la misma pasión intacta, pero multiplicada en cada joven que ingresa al estudio con un sueño.
A quienes desean dedicarse a la danza, les deja un mensaje contundente: “Que no lo duden. El arte hace crecer al ser humano, lo conecta, lo dignifica. Es un trabajo donde se debe entrenar permanentemente, seguir estudiando y capacitarse siempre, como cualquier profesión. Es un arte bello y distinguido que te permite sentir y vivir todos los estados emocionales”.
En cada palabra de Norma Meko Goldmann se percibe la convicción de quien eligió la danza como forma de vida. Y en cada generación que formó, queda su legado: disciplina, pasión, sensibilidad y amor por el arte. Eldorado, sin dudas, baila un poco al ritmo de su historia.
Proyecto Mujeres Guacurarí en Acción
AGENCIA DE NOTICIAS GUACURARÍ



Facebook
Twitter
Instagram
Google+
YouTube
RSS