Hay una frase que funciona como confesión íntima y, al mismo tiempo, como diagnóstico de época: DeBÍ TiRAR MáS FOToS. No habla de cámaras ni de nostalgia fácil. Habla de algo más incómodo: de no haber mirado con suficiente atención mientras las cosas pasaban.
Que ese concepto haya llegado al centro de la escena global esta semana, con el reconocimiento máximo de la industria musical a Bad Bunny, no es un dato de color. Es una señal cultural. Y como toda señal cultural, dice mucho más de política de lo que parece.
Porque gobernar, en el fondo, también es una discusión sobre miradas.
En contextos de crecimiento, la política casi que se permite el descuido. Hay margen para el error, para la improvisación, para corregir, incluso para la épica. Pero cuando la economía se achica, el consumo cae y el ajuste se siente en la vida diaria de la gente real, la que anda a pata y en colectivo, ese margen desaparece como candidato que sale tercero el lunes después de unas elecciones. Ahí ya no importa quién grita más fuerte, sino quién entiende mejor lo que está pasando mientras sucede.
Ese es el punto donde muchos dirigentes fracasan: confunden intensidad con comprensión. Creen que reaccionar rápido es gobernar bien. Y no siempre lo es.
DeBÍ TiRAR MáS FOToS no propone volver atrás. Propone algo más sofisticado: asumir que hay momentos que, si no se observan y registran con intención, se pierden. En política pasa lo mismo. Hay decisiones que no hacen ruido, no se llevan likes, pero sostienen. Hay políticas que no se viralizan, ni son aesthetic, pero amortiguan. Y hay gestiones que, en lugar de enamorarse de lo disruptivo, eligen cuidar la paz que da la continuidad.
Misiones viene transitando ese camino hace tiempo. Desde una lógica muchísimo menos atractiva que la del espectáculo nacional: anticipar, ordenar, sostener. En un país acostumbrado a discutirlo todo en términos de shock, esa elección resulta hasta provocadora.
Mientras el discurso dominante romantiza el ajuste como virtud moral y promete que los dueños del mercado, en algún momento indeterminado, van a resolver lo que hoy no resuelven, acá la pregunta es más mundana y más honesta: ¿qué pasa mientras tanto? ¿Quién absorbe el impacto? ¿Quién evita que la caída sea libre? ¿Quién se come las piñas?
Ahí aparece la política real. La que se mete con transporte, con impuestos, con servicios básicos, con consumo cotidiano, con salud, con escuelas, con territorio. No como consigna ideológica, sino como ingeniería social básica: evitar que el daño se vuelva i-rre-ver-si-ble.
Ese tipo de gestión no produce héroes. Produce estabilidad. Y en épocas de inestabilidad estructural, la estabilidad es un activo político subestimado.
Por eso resulta tan irritante para ciertos sectores: porque no ofrece un enemigo claro, ni un colapso espectacular, ni una refundación épica. Es como un matrimonio de años que ofrece algo mucho menos excitante y mucho más difícil.
El paralelo con DeBÍ TiRAR MáS FOToS es más profundo de lo que me dan los limitados recursos con los que cuento para analizar. Pero entiendo que el disco no celebra la nostalgia; la problematiza. Dice: esto valía la pena ser mirado con más atención. En política, la diferencia entre una gestión que resiste y una que se desarma suele estar ahí: en haber entendido qué valía la pena cuidar cuando nadie estaba mirando.
Hoy, mientras buena parte del debate nacional se consume en provocaciones, slogans y gestos para redes, hay provincias y municipios que están jugando otro partido. Uno más silencioso. Más largo. Menos fotogénico. Pero también más resistente al paso del tiempo.
Tal vez dentro de algunos años, cuando se haga el balance fino de esta etapa, muchos digan, en política como en la vida, que debieron mirar mejor lo que estaba pasando. Que debieron registrar más. Que debieron cuidar más.
Otros, en cambio, ya estaban sacando esas fotos. Aunque no salieran en portada.
por Diego René Martín



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