Liliana Luján Bernardi es una mujer que durante más de tres décadas se dedicó al rubro del papel y la tinta. Son 35 años de trayectoria en los que fue testigo del cierre de muchos emprendimientos similares. El oficio de canillita, que a tantas personas les dio grandes satisfacciones, fue transformándose con el avance de la tecnología, que pasó a formar parte de la vida cotidiana y obligó a adaptarse a los cambios.
“Cuando recién empezamos éramos tres en el pueblo. Entonces había más competencia. Ahora no”, señaló. Hoy, junto a su marido, son los únicos sobrevivientes del oficio en la zona. Esta permanencia no es casual, sino el resultado de la disciplina y la vocación. “Tuvimos que pasar bastantes dificultades, primero para imponernos como canillitas y para que la gente nos conozca y sepa que siempre íbamos a ofrecer un servicio puntual”, recordó.
En Apóstoles, el kiosco de Liliana Bernardi —Kiosco Mach— ubicado junto al paseo de artesanos, detrás de la Casa del Mate, no solo ofrece las noticias del día, revistas y libros, sino que también se convirtió en un espacio donde conviven el oficio y la creatividad.

Con el paso del tiempo, Liliana debió reinventarse. Hace algunos años transformó su puesto en un pequeño taller artesanal, donde botellas de plástico y latas de bebidas en desuso cobran nuevas formas y colores. Allí, su propietaria —la única canillita activa en la ciudad de Apóstoles y alrededores— logró unir su trabajo de toda la vida con una nueva vocación.
“Yo crié a mis dos hijos acá, en la revistería. Cuando ellos crecieron y ya no tuve que estar tan pendiente de sus cuidados, el tiempo comenzó a sobrar y arranqué con mis artesanías. Primero era para regalar a familiares y amigos, y luego, en pandemia, empecé a vender al público. De un día para el otro me animé y ya no pude parar”, contó.
Todo comenzó observando latitas de gaseosa. “Empecé con las latitas. Miré un tutorial, me gustó y me dije: ‘yo puedo hacer tal cosa, puedo hacer tal otra’. Y así fue que comencé”, explicó. Lo que inició como un pasatiempo se convirtió en una pasión. “Una cosa me fue llevando a la otra y ahí ya me enamoré. Empecé a hacer de todo, a buscarle utilidad a todo lo que pasara por mis manos”, expresó.

Una de las facetas de su emprendimiento es la elaboración de artículos vinculados a las festividades del calendario. Mientras exhibe pesebres y móviles en miniatura realizados con hojarasca, maderas, telas y semillas, señala que las fiestas de fin de año marcan gran parte de su producción.
Su creatividad no tiene límites y encuentra potencial en los objetos más insólitos. Un claro ejemplo es un pequeño pesebre navideño cuyo establo desafía la lógica de los materiales tradicionales: “Este lo hice con botellitas de vacunas de perritos”, explicó. También mostró figuras realizadas con semillas de jacarandá y otras confeccionadas a partir de frutos silvestres encontrados en los alrededores.

Para Liliana, el secreto no está en comprar insumos costosos, sino en “mirar alrededor con otros ojos”. “Yo hago artesanías reciclando todo lo que la naturaleza nos da o que la gente tira”, afirmó. Su trabajo acompaña cada fecha especial del año: San Valentín, Pascuas, Día de la Madre, del Padre y Navidad.
Siempre con buena energía, Liliana invita a vecinos y visitantes a acercarse a su kiosco-taller para conocer de cerca todo lo que tiene para ofrecer, demostrando que reinventarse también puede ser una oportunidad para crear y seguir creciendo.

Proyecto Mujeres Guacurarí en Acción
AGENCIA DE NOTICIAS GUACURARÍ



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